Superman me devolvió la infancia

Hasta hace unos años viví siempre apenado por el hecho de no haber tenido infancia. Sí, desde los cuatro mis viejos, que eran tan malos para elegir regalos como para disfrazarse de Papá Noel, no pudieron guardarse el secreto de que ni Papá Noel ni los Reyes Magos eran solo un cuento para que los enanos tengan algo con qué ponerse contentos, un motivo para intentar portarse lo mejor posible con la esperanza de que con cada cosita buena que hagan se ganarían el favor de un viejo gordo que tomaba mate al norte de Alaska.

Me moría de envidia cuando alguno confesaba como boludo que sólo se entero de que Papá Noel no existía a los ocho, o incluso a los cinco, porque hubiese dado cualquier cosa por vivir un día más esa ilusión que marcaba el fin de mi infancia, el fin de los sueños de niño, el fin de los cuentos de El Principito.

Todo esto pasaba por mi cabeza en la cama, con fiebre y lamentándome porque la estúpida gripe de verano no me dejaba ir a jugar fútbol a la seccional. Al final me rendí y prendí la tele, como cualquier viejo sin infancia, a ver cualquier cosa que pusiesen ahí. Sólo Dios sabe porqué prendí la tele en el canal 9, que estaba pasando una serie que yo hasta ese momento desconocía. Me quedé mirando al tipo que se movía a la velocidad de la luz, poco entendía yo lo que pasaba en ese primer episodio y decidí seguir viéndolo cada sábado y pronto me dí cuenta de que era la serie de Súperman, el mismo de los dibujos que veía antes de los cuatro, esta vez representando a mi superhéroe en su época de adolescente sin acné.

Yo, por supuesto, ya sabía que era todo mentira, me lo dijo mi viejo el 7 de enero del 93 después de confesar que él era el que se disfrazaba de Melchor cada año para poner el regalito debajo cerca de mis zapatos. Después de mucha observación hice un descubrimiento que me devolvió la alegría, y sentí por fin ese cosquilleo que tiene uno al darse cuenta de la realidad a tiempo y no tres años antes.

Todo vino a mi cabeza así de repente al verla a ella, la serie pretendía engañarnos a todos poniendo un actor-modelo de 27 años haciéndose pasar por un superhéroe-estudiante de 15 y queriendo que nos traguemos el cuento de que él era el extraterrestre (Nos creen tan tontos). El extraterrestre no era él, era ella, sí, Lana Lang. Al observarla minuciosamente comprendí que ella no era de éste planeta, ni siquiera de ésta galaxia, ella venía de otra en la que tenían un sol mas lindo, porque este que tenemos nosotros te pone un calor de 40 grados y encima te da cáncer. En aquella otra galaxia de Lana el sol te hace más lindo, el chocolate adelgaza y comer tierra te pone ojos verdes como los de ella.

Es cierto, hoy cualquiera se encoge de hombros y se hace del que ya sabía que los extraterrestres existían y sigue caminando. Cualquier persona que ya ha superado la época infantil da este hecho por sentado y no le impresiona. Pero a mí, a mí me devolvió la vida, me devolvió la capacidad de soñar, porque alguien que no fue niño no puede soñar ni nada, yo no podía… hasta ese día.

Esa noche me fui a la cama tranquilo, sabiendo que, después de mucho tiempo, esa noche iba a poder soñar de nuevo, que iba a poder recordar aquella infancia que siempre tuve y nunca me había dado cuenta.

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