Ambrosía de Metal
La noche está tranquila, en el cielo la mitad de la luna está tapada por nubes y la otra está libre, como esperando que la admiren. La compañía es buena y la película estuvo excelente… A pesar de que en el cielo el paisaje es insuperable, acá abajo no todo parece tan amistoso. No hay luces alrededor y el pulóver parece no bastar para contrarrestar el frío viento sur. Las calles se vuelven más oscuras ya no hay nadie alrededor.
-Traeme el teléfono- La nuca se congela al hacer contacto con el metal y en ese momento el mundo parece girar en cámara lenta. -¿No escuchaste, imbécil? La puta, tu teléfono te dije- La voz se va haciendo más clara, más cercana, más real. Es muy difícil procesar información cuando la punta del cañón está tan cerca.
-No te voy a dar nada…- No lo pensó, tuvo que ser una reacción cuasi-involuntaria. Sentí el dolor antes de escuchar el sonido de la semiautomática. No respondió, no dijo nada, no buscó nada. Se paró y, sin ningún apuro, siguió su camino. Traté de levantar la cabeza, para encontrar quizá la cara escondida detrás de esa voz neutra e inexpresiva, pero no alcancé a ver nada.
Desperté dos horas después en una cama de hospital, la bala no dañó mucho. Del incidente, aparte de la herida, solo quedaba la curiosidad que me despertaba el saber cómo se siente uno al tener en sus manos la vida del prójimo, al ser capaz de decidir sobre el destino de un mortal que, en ese momento, no es más que un ser inferior al que uno puede aplastar con un esfuerzo mínimo. Terminé convencido de que lo que motiva a un hombre a disparar a un par no es el hambre, no es la necesidad, no es el dinero ni las diferencias políticas. Lo motiva el placer de ser dios, aunque sea por unos segundos.
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Now playing: Indio Solari – Te estas quedando sin balas de plata
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