Luces amarillas
Las luces amarillas del alumbrado público ayudaban un poco a incrementar el ya fuerte dolor de esta cabeza que parecía estaba a punto de reventar.
Solo te duele la cabeza por dos motivos. Uno, el somático, que te da porque alguna cosa en tu cuerpo no está funcionando bien y el cerebro, que a veces es medio tarado, te avisa haciendo que funcione peor. Dos, el síquico, ese es el que te da porque le tenés rabia a algún ser, sea este animado o inanimado. Aunque a fines de terminar la historia el motivo es más bien trivial, se me antoja acotar que este era del síquico, y ese no te pasa con Aspirina.
A las nueve de la noche, medio sobrio, pasaban por mi cabeza miles de cosas, algunas importantes, otras no tanto, casi todas boludeces… y en ese momento vi la luz, la vi tan de cerca y de frente que me encandiló, la verdad, me dejó casi en shock. Me agarró desprevenido.
-Sus documentos, señor- la voz que al comienzo sonaba lejana terminó siendo tan real que me hizo despertar.
- ¿Los documentos?
- Sí, señor, los documentos
- Los docu… Ahh, vos decís, la cédula y eso… los documentos
- Sí, señor, los documentos
Casi instintivamente metí la mano en el bolsillo, aunque estaba seguro de no tener ninguno. Sabía exactamente dónde estaban los documentos. -Mirá que no te vayas a olvidar de tu cédula y tu registro, que están ahí junto a la plata-, no sé por qué tendemos a ignorar los consejos de una madre menopáusica.-No me voy a olvidar, nunca me olvido- y era verdad, nunca lo hacía. Hoy tengo la creencia de que tienen un séptimo sentido, las madres menopáusicas, cuando te dicen algo es porque saben que algo va a ir mal. Por otra parte, creo firmemente que también saben que no les vamos a hacer caso, lo cual debe de ser bastante frustrante. Los documentos seguían ahí, sobre la mesa junto a la plata…
- No los tengo acá, amigo
“Amigo“, Esa es para mí la última, cuando estás en clara desventaja no te queda más que amigarte con el agresor y tratar de salir lo menos lastimado posible.
- ¿Puede bajarse del auto, por favor… señor?
- Claro
- Voy a tener que hacerle una boleta
- Bueno
- Serían alrededor de 500.000
- Está bien
Todavía no entiendo bien como funciona esto de los estados de ánimo. En las películas cuando uno está en una situación difícil enseguida tiene todos los sentidos alerta y funciona como una máquina. Yo en esos casos me vuelvo apático, como que ya fue y no hay nada más para hacer.
- Ehh… amigo, podemos resolver también este asunto nosotros nomás.
- Ah
- ¿Cuánto vos tenés?
Já, en bandeja. Lo interesante de la apatía es su impresionante similitud con la tranquilidad, que sí es un arma contundente. La tranquilidad deja siempre mal parado y en desventaja al interlocutor, especialmente cuando este se encuentra perpetrando algún que otro crimen. Yo no la tengo, pero me contento con tener al menos la versión falsificada.
- Diez mil tengo
- No puede ser que tengas diez mil nomás, algo más tenés que tener.
- Diez mil tengo, amigo (claro, para mantenerlo enganchado al personaje)
- Y mirá que te estaría haciendo un favor
- Y… diez mil lo que tengo
- Sabés qué, andá nomás shera’a
- Gracias, amigo
- Pendejo tacaño (para sus adentros). Viaje tranquilo, jefe (para no levantar sospechas, ni nada)
- Aparte de corrupto, delicado (para mis adentros). Adiós, amigo… (para no levantar sospechas, ni nada).
Y yo, feliz. Porque siempre produce una sensación de bienestar el hecho de saber que acabás de joder a un prójimo, y que encima saliste ileso.
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